ene
2010
Esta no es la copa de un Martini
He recibido esta mañana un correo electrónico de la hermana de Nicolás, mi esposo, en la que pide que por favor la hospede en casa, a ella y a su marido. La pareja es estupenda, son amigables, excelentes conversadores, amantes de los viajes y del buen vino. La habitación de huéspedes está bien equipada, incluso la cama que tiene es semidoble y no sencilla; hay una mesita de noche, una lámpara, un escritorio y dos sillas. En todo caso me pregunto con absoluta franqueza y sin culpas, ¿porqué no pagan una noche de hotel y duermen más tranquilos?, y sobre todo me dejan a mi más tranquila.
No es que yo no quiera a la familia de mi esposo, de hecho la adoro y su hermana es una de mis mejores amigas, pero es que ella y su esposo llevan un ritmo de vida que nada tiene que ver con el mío. Nuestras vidas, en lo que a consumo se refiere, solo se pueden encontrar en un restaurante de comida japonesa y así, comiendo y bebiendo, convivir tranquilamente. De ella he recibido uno de los regalos más bellos pero más extraño que he tenido en mi vida.



