25
Nov
2009
Escrito por Pilar Mejia en Artístico, Comedor, Deco Noticias, Diseñadores, Dormitorio, Espacios, Estilos, Iluminación, Oficina, Salón, vanguardista
No asocio las luces de neón con el uso doméstico sino con la iluminación comercial. Si tengo que pensar en un espacio caracterizado con su luz pensaría en un gran supermercado, un hospital o una escuela. Como se puede inferir no son mis favoritas y solo las uso en casa es espacios como cocina y baño porque se hace necesaria; ilumina con mayor claridad y más intensamente que las bombillas de luz amarilla y el ambiente aséptico que crea esta muy bien recibido en esos dos lugares.
No asocio las luces rojas con el uso doméstico sino con la iluminación de un comercio muy especial que no me es habitual y sobre el cual tengo reparos y prejuicios. También la podría asociar con discotecas pero de esas a las que yo nunca iría. Algo de la navidad usa también luces rojas, pero son muy notorias por el contraste con las luces verdes, azules, blancas y amarillas. No me habría imaginado que una lámpara de neón roja pudiera tener tan buen aspecto como el modelo DIAVA.

DIAVA, de la casa rusa de diseño MANWORKS, es una sorprendente propuesta que mezcla la intensa luz que una lámpara fluorescente tiene con la fuerte presencia estética que una escultura posee. Esta simple pero compacta lámpara de noche está construida con dos tipos de vidrio, uno transparente, que hace veces de marco y formato, y otro coloreado de rojo, que reproduce la forma de una lámpara tradicional y guarda en su interior la bombilla de neón. El resultado es una poderosa y simple lámpara fluorescente para la noche. Mide 19,5 cm x12, 5 cm x 3 cm. Mayor información en la página Web www.manworksdesign.com
25
Nov
2009
No voy al psicoanalista porque considero que no debo dejar a otros el trabajo que yo misma debo realizar, estudiando paso a paso, momento a momento, historia tras historia, mi vida: desde muy pequeña hasta la actualidad. Puede ser que me sienta obsesionada por reconocer los orígenes y el desarrollo de mis actitudes individuales, sociales, profesionales y sentimentales, pero esta manía me ha llevado a entenderme a mi misma y ha desarrollar una capacidad crítica, y muy productiva, acerca de mi posición frente a la sociedad y mi papel como ser colectivo y como individuo.
Ya a esta edad me empiezo a dar cuenta también del funcionamiento de mi cuerpo físico, de cómo ha mejorado o empeorado, de cual es la alimentación que debo proveerme, las horas de sueño necesarias, incluso, las tazas de café que puedo consumir en un año.
Y es complicado, porque en este caso, por ejemplo, sé que no debo tomar más de tres tazas al día y nunca después de las dos de la tarde. Cuando entro a la cocina a preparar la cena tengo tantos deseos de tomarme un café como el que tengo de quedarme dormida a las cuatro de la mañana si he osado hacerlo. Incluso, gracias a la sabiduría que me da el tiempo, estoy tratando de reemplazar un poco el café por otra bebida energética y caliente, el té.
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19
Nov
2009
En la mañana me despierto y me tomo un café. Me ducho, me visto, me tomo otro café y salgo a la calle, ya algo retrasada, en busca de la estación de metro que queda en la esquina de mi cuadra; regularmente la encuentro. Al momento de entrar en el tren tengo la reacción instantánea de buscar una silla para sentarme y no tener que ir de pie, con mi cartera en una mano y el teléfono móvil en la otra, dando botes de un lugar a otro y teniendo acercamientos, a veces demasiado intensos, con jóvenes ejecutivos, niños de colegio, chicas universitarias y turistas madrugadores. Con personas mayores no me topo demasiado porque regularmente están sentados.
En esta situación me veo envuelta todos los días pero no todos los días me pasa que efectivamente si encuentre un lugar para sentarme y lo realmente sorprendente es que justo antes de tomar el lugar reflexione acerca de la conveniencia de sentarme en comparación con la de quedarme en pie. Lo que pienso es que en todo caso estaré sentada durante ocho horas en la oficina y llevaba, antes de despertame, 6 horas acostada, así que no me vendría mal estar 20 minutos parada; es un asunto estadístico. Y después recuerdo la comodidad que dan las sillas del metro, la amplitud de las plazas, la grata compañía que fricciona mis hombros derecho e izquierdo. A pesar de eso en ocasiones me siento.
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