Cuando era pequeña decían que cuando alguien muere el espíritu de quién parte recorre todos los lugares que en vida visitó: el viaje de regreso inicia en el lecho de partida y llega hasta el lugar donde se nace. También se decía que muchas veces el alma que se está despidiendo del mundo que conocemos deja saber de su paso por los lugares en los que estuvo. Recuerdo que contaban que los objetos se movían bajo las dinámicas habituales del fallecido, como si aun estuviera allí, haciendo lo de siempre.
La esencia romántica de la creencia se parece mucho a la visión que tengo del recorrido de la vida y espero poder, pero en vida, recoger siempre mis pasos: regresar, reevaluar, reobsevar, revivir, redisfrutar. En cada lugar por el que paso dejo mucho de mí, dejo una pequeña parte de mi corazón, y me llevo, igualmente, una colección de sentimientos por las personas que conozco. Tengo un museo en mi casa, conformado por objetos que rememoran personas y lugares a los que estoy irremediablemente atada, y no me quiero soltar.
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