La palabra que se usa en interiorismo para definir la decoración de un sitio determinado de la casa es “ambiente”, y no se trata de un término al azar.

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Al decorar una habitación la idea es crear, sí, un ambiente en todo el significado de esa palabra: habitable, confortable, espacioso y, sobre todo, a la medida. Esto es: con relación a a la personalidad de quien lo habita.

No es lo mismo un dormitorio infantil que uno juvenil: las demandas de espacio y de uso son diferentes entre un niño y una adolescente; lo son incluso entre una chica y un chico. Eso sin mencionar que es muy distinto el universo de un amante de los videojuegos que el un practicante del fútbol.

No se trata de la que la habitación se convierta en un parque temático, sino en crear focos de atención que sean un reflejo de la personalidad del dueño de la habitación.

El foco de atención es una pieza sobresaliente de la decoración. Un elemento central a partir del cual se construye el resto de la decoración. Este objeto refleja, o condensa en sí, la personalidad de los habitantes, y al regir los materiales, texturas y colores de la habitación, extienden esa personalidad a toda la habitación.

¿Un amante de la geografía y los viajes? Un globo terráqueo antiguo, en papel piedra y madera, dictamina un uso intenso de la madera, las telas crudas y los tonos apagados, incluso de un uso de lámparas con pantallas de papel y estores en las ventanas. ¿Un amante de la informática? La presencia de una PC nos restringe al uso de lo industrial: blanco y negro en fuerte contraste, pisos claros, telas en blanco o sólido azul; texturas sintéticas y metálicas, de superficies opacas, y una iluminación restringida y acotada por zonas.

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En la foto que ilustra este post, por ejemplo, la colección de cuadros dicta el uso de un cabecero de madera y los colores de las telas en la cama.