El consumo del televisor del salón ha pasado por todas las fases: primero fue el villano energético de la casa, después nadie volvió a mencionarlo, y ahora reaparece en cada compra porque la etiqueta europea planta una letra enorme en la caja. Si estás mirando una tele nueva y te has topado con una F o una G, no salgas corriendo. Aquí verás qué ocurrió de verdad con el plasma, cómo se lee la etiqueta actual, cuánto cuesta encender la pantalla en euros reales y dónde colocarla para que quede bien en la decoración sin obligarte a subir el brillo al máximo.
Qué pasó con el plasma: la historia real detrás del titular de 2009
En enero de 2009 corrió la noticia de que Bruselas se planteaba prohibir las pantallas de plasma porque consumían hasta cuatro veces más que un LCD del mismo tamaño. Aquel titular envejeció regular. La Unión Europea nunca prohibió el plasma con nombre y apellidos: lo que hizo fue fijar límites de consumo en función de la superficie de pantalla dentro de la normativa de ecodiseño, hoy recogida en el Reglamento (UE) 2019/2021. El plasma, sencillamente, no daba la talla.
El resto lo hizo el mercado. Panasonic, que fabricaba los mejores paneles de plasma del momento, cerró su producción en 2014. Ese mismo año LG y Samsung apagaron también sus líneas. Desde entonces no se fabrica ni un solo televisor de plasma nuevo, así que la pregunta de si comprarlo o no ya no existe. Para hacerte una idea de la brecha: un plasma de 50 pulgadas podía tirar entre 300 y 400 W con escenas claras, mientras que un LED actual de esa diagonal se mueve entre 55 y 90 W.
¿Y si todavía tienes uno funcionando? Los hay, y siguen dando negros muy dignos. El cálculo es simple: 350 W durante cuatro horas diarias son unos 511 kWh al año, alrededor de 100 € con la luz a 0,20 €/kWh. Un televisor moderno equivalente te dejaría esa misma factura en 25-30 €. Se amortiza, sí, pero tarda entre cuatro y seis años. No tires un plasma que funciona solo por la factura eléctrica: cámbialo cuando falle, cuando el consumo del ventilador te moleste o cuando quieras 4K y HDR de verdad.
Cómo se lee hoy la etiqueta energética (y por qué casi ningún televisor es clase A)
Desde el 1 de marzo de 2021 la etiqueta energética de los televisores volvió a la escala limpia de la A a la G. Desaparecieron los A+, A++ y A+++, que se habían quedado sin sentido cuando el 90 % del catálogo aterrizaba en la misma casilla. La escala nueva se diseñó con margen deliberado: las clases A y B se dejaron prácticamente vacías para premiar tecnologías que aún no existen.
El resultado práctico es que la inmensa mayoría de televisores grandes que verás en tienda se sitúan entre E, F y G. No indica que el modelo sea malo ni que esté mal fabricado; indica que una pantalla de 65 pulgadas con 1.000 nits de pico necesita energía para funcionar. Compara siempre dentro de la misma diagonal y con el mismo tipo de panel: una G de 75 pulgadas puede consumir por metro cuadrado menos que una F de 43.
Los dos números que de verdad importan: SDR y HDR
La etiqueta muestra el consumo en kWh por cada 1.000 horas de uso, y lo hace por duplicado: uno para contenido SDR (lo normal: televisión, informativos, series estándar) y otro para HDR. Mil horas equivalen a unas 2 horas y 45 minutos diarias durante un año, así que si ves cuatro horas al día tendrás que multiplicar la cifra por 1,46. El dato de HDR suele ser entre 1,5 y 2 veces el de SDR, porque el modo HDR exige picos de brillo mucho más altos. Si consumes casi todo en plataformas con HDR, mira ese segundo número y olvida el primero.
EPREL: la ficha oficial de cualquier modelo
Toda etiqueta lleva un código QR que enlaza con EPREL, la base de datos europea de etiquetado energético. Puedes entrar tú mismo y buscar por el identificador de modelo, esa ristra de letras y números que aparece en la pegatina trasera. Ahí verás el consumo declarado, la resolución, la potencia en reposo y la clase energética sin filtros de marketing. Es la forma más rápida de comprobar si las dos teles que estás dudando se parecen tanto como dice el vendedor.
Cuánto cuesta al año encender la tele: cifras, no sensaciones
Cuatro horas diarias son 1.460 horas al año. Con la electricidad en España entre 0,15 y 0,25 €/kWh según tarifa y franja horaria, estos son los órdenes de magnitud que puedes esperar tomando 0,20 €/kWh como referencia:
- LED/LCD de 43″ (109 cm de diagonal): 45-70 W en SDR, unos 13-20 € al año.
- LED o QLED de 55″ (140 cm): 70-110 W, entre 20 y 32 € al año.
- OLED de 65″ (165 cm): 90-130 W viendo cine con escenas oscuras, y más de 200 W con un partido de día o un menú blanco a pantalla completa.
- miniLED de 65″ en HDR: picos de 150-250 W, lo que puede llevarte a 45-70 € anuales si ves mucho contenido brillante.
- Reposo: 0,3-0,5 W en un modelo actual, apenas 1 € al año. Con arranque rápido y asistente de voz siempre escuchando puede subir a 2 W, unos 17 kWh y 3,5 € anuales.
Traducido: salvo que dejes la tele puesta ocho horas diarias, el televisor rara vez pasa de 40 € al año. Es bastante menos que el frigorífico y muchísimo menos que un termo eléctrico. Por eso no tiene sentido descartar un modelo que te gusta por una letra de la etiqueta, pero sí lo tiene ajustar bien la imagen y colocarlo donde no necesites compensar la luz de la ventana.
LED, QLED, miniLED u OLED: cuál gasta más según lo que ves
OLED: eficiente en cine, exigente con el contenido claro
Cada píxel se enciende por su cuenta, así que una escena nocturna casi no consume: los negros están literalmente apagados. En una película oscura un OLED de 65 pulgadas puede quedarse en 70-90 W. El problema aparece con contenido plano y brillante, un telediario con fondo blanco o los deportes de mediodía, donde se dispara. Si tu salón funciona con luz tenue y ves sobre todo series y cine, el OLED es la opción más eficiente y la que mejor imagen te va a dar.
QLED y miniLED: brillo alto, consumo alto
Están pensados para salones con mucha luz natural y llegan a 1.500-2.000 nits de pico. Ese brillo se paga: son los que peor letra sacan en la etiqueta y los que más suben en HDR. Ahora bien, si tienes una ventana grande enfrente de la pantalla, un miniLED al 60 % de brillo te dará mejor imagen y consumirá menos que un OLED al 100 % peleando contra el reflejo. El contexto del salón manda más que la ficha técnica.
LED/LCD convencional: el más discreto en la factura
Un LED de gama media sin retroiluminación por zonas es lo que menos consume en términos absolutos, sobre todo por debajo de 55 pulgadas. Es la opción sensata para dormitorios, cocinas o segundas pantallas donde no vas a mirar el detalle de las sombras. Su punto débil sigue siendo el negro grisáceo y los ángulos de visión estrechos en los modelos Edge, algo muy notable si el sofá está en forma de L.
Pulgadas y distancia de visionado: el error más caro de la compra
Comprar más pulgadas de las que admite la habitación es el fallo más repetido, y además penaliza el consumo sin darte nada a cambio. Con contenido 4K, la referencia cómoda es una distancia de entre 1,2 y 1,6 veces la diagonal de la pantalla. Mide desde el respaldo del sofá hasta la pared, no desde el borde del cojín:
- 43″ (109 cm): distancia ideal de 1,3 a 1,7 m.
- 55″ (140 cm, unos 123 cm de ancho): de 1,7 a 2,2 m.
- 65″ (165 cm, unos 145 cm de ancho): de 2 a 2,6 m.
- 75″ (190 cm, unos 166 cm de ancho): de 2,3 a 3 m.
Si tu sofá está a 2,20 m, una tele de 75 pulgadas te obligará a mover los ojos por la pantalla como si estuvieras en primera fila del cine. Y si el salón es estrecho o comparte espacio con el comedor, quizá te interese leer esta guía para elegir un televisor pequeño para el salón e integrarlo en la decoración, porque una pantalla contenida y bien colocada luce mucho más que una gigante que se come la pared.
Altura, reflejos y luz: el consumo del televisor también depende de dónde lo pones
La altura correcta es la que deja el centro de la pantalla a la altura de tus ojos sentado, entre 100 y 110 cm del suelo en un sofá estándar. Para un televisor de 55 pulgadas, que mide unos 70 cm de alto, eso significa colocar el borde inferior a 65-75 cm del suelo. El clásico de montarlo encima de la chimenea, a 140 o 150 cm, condena tu cuello y además te deja mirando el panel desde abajo, justo el ángulo donde los LCD pierden contraste y donde acabas subiendo el brillo para compensar.
Con los reflejos pasa lo mismo. Si la pantalla queda enfrentada a una ventana, terminarás con el brillo al 100 % durante todo el día, y eso son fácilmente un 30 % más de consumo respecto a tenerlo al 60 %. Colócala perpendicular a la fuente de luz siempre que puedas, usa cortina de lino o estor enrollable translúcido y valora un panel con acabado mate si el salón es muy luminoso. Un tono medio en la pared del televisor —gris topo, verde salvia, terracota apagado— reduce el contraste entre pantalla encendida y entorno, y te permite bajar el brillo sin fatiga visual.
Integrar la TV en la decoración: mueble, cables y modo cuadro
Un televisor bien integrado se nota poco cuando está apagado. El mueble bajo debería medir al menos 20 cm más que el ancho de la pantalla por cada lado: para una tele de 65 pulgadas, un aparador de 185-200 cm. Si es más estrecho que el televisor, la composición se ve descompensada desde el primer día. Deja también 10 cm libres por detrás para la ventilación; encerrar el equipo en un hueco a medida sin respiración acorta su vida y hace que el disipador trabaje de más.
El cableado es lo que separa un salón cuidado de uno improvisado. Si vas a montarla en pared, lo ideal es empotrar una caja de mecanismos con schuko justo detrás del panel y un tubo corrugado de 25-32 mm para pasar HDMI y red hasta el mueble. Cuando no puedes picar, una canaleta pintada del color de la pared o un perfil textil vertical resuelven bastante. Tienes más ideas de composición en esta guía sobre cómo integrar el televisor con estilo en el salón, útil sobre todo si la pantalla convive con estanterías o con una galería de cuadros.

El modo cuadro, popularizado por The Frame y ya presente en varias marcas, es la solución más elegante para una pantalla que preside el salón: marco intercambiable, panel mate y una obra de arte en lugar de un rectángulo negro. Con una advertencia que casi nunca se cuenta: ese modo no es gratis. Mostrar una imagen fija consume entre 30 y 60 W, así que dejarlo encendido doce horas al día suma unos 175 kWh al año, alrededor de 35 € extra. Activa el sensor de presencia para que se apague cuando no hay nadie y baja el brillo del modo arte al mínimo cómodo. La idea de personalizar el aparato no es nueva: hace años Philips ya jugó con ella en sus televisores personalizables con diseño a medida para el salón, y hoy los marcos de madera clara o negro mate cumplen esa misma función.

Ajustes que bajan el gasto sin que la imagen empeore
- Sal del modo Vivo o Dinámico. Viene activado de fábrica porque llama la atención en la tienda, con el brillo y la saturación al tope. Cambia a Cine, Filmmaker Mode o Calibrado y bajarás entre un 20 y un 30 % el consumo con mejor fidelidad de color.
- Ajusta la retroiluminación, no el contraste. Pasar de 100 a 60 en retroiluminación es lo que de verdad recorta vatios; tocar el contraste solo aplasta detalle en las luces.
- Activa el sensor de luz ambiente. Adapta el brillo a la hora del día y te ahorra tener dos perfiles distintos.
- Apaga el arranque rápido si no usas comandos de voz: pasarás de unos 2 W a menos de 0,5 W en reposo.
- Enchufa la barra de sonido y el decodificador a una regleta con interruptor. Suelen sumar más en reposo que el propio televisor.
- No compres 8K por rendimiento. Consume más, apenas hay contenido nativo y a 2,5 m de distancia no vas a distinguirlo del 4K.
Preguntas frecuentes
¿Se pueden comprar todavía televisores de plasma?
Nuevos no. La última producción fue la de Panasonic en 2014, y LG y Samsung cerraron sus líneas ese mismo año. Solo los encontrarás de segunda mano, sin garantía y con dos riesgos serios: los paneles con muchas horas sufren retención de imagen y conseguir repuestos originales es prácticamente imposible.
¿Por qué mi televisor nuevo de gama alta tiene una etiqueta G?
Porque la escala A-G de 2021 se calibró para dejar sitio a tecnologías futuras y porque la clase depende de la potencia por superficie de pantalla. Cuanta más diagonal y más brillo máximo, peor letra. Una G en un modelo puntero no significa un aparato ineficiente: significa que es grande y luminoso. Compara siempre entre televisores de la misma pulgada.
¿Cuánto gasta un televisor apagado pero enchufado?
La normativa europea limita el modo de espera a 0,5 W, así que hablamos de menos de 5 kWh al año, en torno a 1 €. Si tienes activado el encendido rápido o el asistente de voz, puede llegar a 2 W y triplicar esa cifra. El gasto fantasma real suele venir del decodificador y de la barra de sonido, no del televisor.
¿Merece la pena cambiar un televisor que funciona solo por ahorrar luz?
Casi nunca. Si sustituyes un LED de hace ocho años por uno actual ahorrarás quizá 10-15 € al año, y una tele nueva de 55 pulgadas cuesta entre 400 y 700 €. La cuenta solo sale a favor si vienes de un plasma que consume 350 W o más. Cambia cuando quieras mejor imagen, más pulgadas o HDR, no por la factura.
¿Dónde consulto el consumo oficial de un modelo concreto?
En EPREL, el registro europeo de etiquetado energético. Escanea el QR de la etiqueta o busca el identificador de modelo de la pegatina trasera, y verás el consumo en SDR y en HDR, la potencia en reposo y la clase energética. Es información declarada por el fabricante y verificable, mucho más fiable que las cifras redondeadas de las fichas comerciales.



