Mientras espero en la oficina, en donde la verdad no tengo nada más que hacer por hoy, hasta que sean las seis de la tarde para poderme ir, pienso en algo que me agrada hacer hacia finales del año; un proyecto que implica el trabajo de equipo, conformado por la familia, y un cambio revolucionario del aspecto del piso. Me gusta renovarlo todo, darle un nuevo giro. Puede ser cambiar el orden de las habitaciones o el de los muebles de una en especial. También podría ser una invasión de plantas o de espejos, baño nuevo, reformas en la iluminación o cambio de cristales por unos que aíslen el sonido.
Esta manía, que espero se convierta en tradición, fue implementada en casa – por mi misma- el año en que nació el primero de los príncipes. En esa ocasión preparé todos los espacios para su llegada: con diferentes tonos de azul claro pinté las paredes de las habitaciones, mejoré la temperatura con unos radiadores monísimos en forma de cigüeña con bebé, disminuí posibles factores de accidentabilidad reduciendo los ángulos de las paredes y protegiendo las salidas y entradas eléctricas; en conclusión, creando una atmósfera especial para que el chico, nuevo en el mundo, se sintiera agradado de estar aquí. Sigue agradado, tiene muy buen ánimo.




