Llego a casa completamente empapada de sudor, la camiseta está pegada a mi espalda y el marcador de pulso dicta que sigo en estado de excitación. Hace una hora exacta salí rumbo al parque, armada solo con la mejor de mi ropa deportiva, unas zapatillas muy cómodas, el dispositvo portátil de música, DNI, la tarjeta del banco y un billete de cinco euros entre los calcetines. Así voy preparada para correr durante 40 minutos, que es lo que dice la revista Vogue es necesario para tonificar músculos y quemar calorías, por las sendas del parque más cercano a mi casa, el parque central, donde encuentro retiro.
He subido corriendo, como último esfuerzo, los cinco pisos necesarios para llegar a mi portal. Todavía retumba una canción pegajosa de Madonna en mi cabeza y ya siento que mi cuerpo no puede más aunque mi mente quisiera dar media vuelta y seguir corriendo, por lo menos hasta la puerta del hospital o de la clínica psiquiatrica. Ahí estoy yo con mi camiseta adherida y un enorme deseo de tomarme una benida energética, con cero calorías, helada. La bebida la tengo pero no está fría, no estaba guardada en el refrigerador.








