Esta mañana estaba sentada en frente del ordenador en la oficina y de pronto vi a un hombre indio que no trabaja allí y le pregunté que si necesitaba algo. El se me acercó demasiado y me enseño una hoja de papel donde estaba escrito algo que nunca supe que leer. El hombre, que era joven, insistía en ponerme el papel en frente y yo me puse ya nerviosa. Me levanté y le pedí que se fuera; le acompañé hasta la puerta y vi como se alejó.
Regresé, me senté de nuevo frente el ordenador y seguí haciendo lo que estaba haciendo. Mas tarde, cuando quise ver la hora en el reloj del móvil, no lo encontré. Lo que había sucedido es que el hombre había entrado en la oficina, había ido hasta mi escritorio, había hablado conmigo, había tomado el teléfono y se había ido, incluso yo le había acompañado a la puerta, tan tranquilamente. Es increíble que todo esto haya ocurrido además en frente de cincuenta personas y que ninguno, ni siquiera yo, nos hayamos advertido demasiado de la presencia de un extraño tan particular.
Yo peco por desprevenida y no tener una copia de mi agenda telefónica, ya recuperaré los datos poco a poco. Me gustaba el aparato, era un teléfono con cámara de fotos y video, 8 gigas de memoria para datos y un reproductor de medios. Venía con unos cascos con buen sonido, tenía buen tamaño y era táctil. Ahora quiero el teléfono que el diseñador industrial taiwanés Joseph Liang hizo para Motorola. No tiene nada que ver con el minimalismo tecnológico de los diseños actuales porque es divertido; es un robot, se llama Moto. Mayor información en la página Web www.motorola.com