He recibido esta mañana un correo electrónico de la hermana de Nicolás, mi esposo, en la que pide que por favor la hospede en casa, a ella y a su marido. La pareja es estupenda, son amigables, excelentes conversadores, amantes de los viajes y del buen vino. La habitación de huéspedes está bien equipada, incluso la cama que tiene es semidoble y no sencilla; hay una mesita de noche, una lámpara, un escritorio y dos sillas. En todo caso me pregunto con absoluta franqueza y sin culpas, ¿porqué no pagan una noche de hotel y duermen más tranquilos?, y sobre todo, me dejan a mi más tranquila.

No es que yo no quiera a la familia de mi esposo, de hecho la adoro y su hermana es una de mis mejores amigas, pero es que ella y su esposo llevan un ritmo de vida que nada tiene que ver con el mío. Nuestras vidas, en lo que a consumo se refiere, solo se pueden encontrar en un restaurante de comida japonesa y así, comiendo y bebiendo, convivir tranquilamente. De ella he recibido uno de los regalos más bellos pero más extraños que he tenido en mi vida.

Desde siempre, hemos tenido ella y yo cierta afición por los cócteles y otras bebidas refrescantes así que de regalo de bodas me envión un set de vasos para bar que es mucho más de lo que me habría yo podido imaginar. Al parecer cada bebida se sirve en uno especial. Los hay para hay para cerveza, copas pecera para el brandy, de cóctel –que incluye vasos para Martini, cóctel doble, Hurricane, Margarita, Piña Colada, Champagne, Daiquiri saucer, Whiskey Sour y Zombie–, Collins, de bola alta, de licor, de bola baja, largo, de ponche, en las rocas, Cereza, tragos, vino y vasos adicionales hasta para el zumo de papaya. La verdad es que a partir de ese exquisito regalo empecé a barajar la idea de tener un bar en casa. Mayor información en la página Web www.props.eric-hart.com

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