Debo confesar que me encanta la piel como material de fabricación. Es inevitable conocer sus beneficios haciendo uso de artículos tan básicos y necesarios como los zapatos, las carteras o los cinturones. Recuerdo a la perfección que nadie en casa se cuestionaba el hecho de utilizar estos complementos fabricados en piel natural, de hecho mis padres y hermanos elogiaban la calidad de unos por encima de la de otros. En la adolescencia tuve alguna prenda como una falda negra (que resultaba perfecta para salir a fiestas), un vaquero y alguna cazadora. Nada como la piel para ir informal pero con mucho estilo.

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El encanto terminó pronto, cuando conocí los sillones tapizados en piel, también en mi juventud temprana. La primer impresión fue de fascinación pues es imposible no sentir el bienestar y la comodidad del material es esas dimensiones. La segunda fue de rechazo cuando entendí que no solo estaba recostada en la piel de una vaca entera sino en la de dos, por lo menos. Necesité que la vida me golpeara en la conciencia con un sillón de tres puestos, con estructura de cedro macizo y forrado con la piel, teñida en negro, de un par de mamíferos sacrificados.

Afortunadamente encontré un punto medio que me devolvió la posibilidad de disfrutar de las características de la piel sin cargar con culpas y remordimientos; la opción ecológica conserva todas las cualidades además de la vida de las vacas. Después del descubrimiento lo primero que hice fue comprar el sillón COUCHOID, diseñado por la casa BLU DOT, y sentarme a leer el periódico en él. Su diseño simple, sus líneas básicas, y el hecho de ser ecológico y bio-sostenible me convencieron para adquirirlo. Mide 28 pulgadas de alto, 37 de ancho y 34 de profundo.

Mayor información en la página Web www.bludot.com