Los días lluviosos me provocan quedarme en la cama la mayor parte de la mañana, desayunar con chocolate a la taza y dedicarme toda la tarde a leer, escuchar música y ver alguna película en espera. Cuando el domingo llueve es perfecto porque, en general, puedo darme el gusto de hacer lo que me apetece hacer los días de lluvia; y si además mi esposo está de viaje, planeo una visita de los niños a la abuela –se quedan con ella- y puedo estar sola y a gusto por un momento.
Cuando es lunes el día de lluvia toda la historia cambia porque, aunque el deseo por estar en casa persiste, la realidad nos conduce a despertarnos muy temprano, tomar un café y darle la cara al día con el tiempo en contra: lo regular del trabajo. En ese caso nos encontramos con el agua escurriendo por la sombrilla, salpicándonos los zapatos, mojando nuestras maletas –y nuestros documentos- y ya no se siente tan relajante.





