Mis hijos son adorables. El niño tiene siete años, un par de ojos hermosos –que sacó a mi padre-, una cabellera oscura y brillante, dientes blancos, piel clara y energía concentrada como un cocido madrileño. La niña es una dulzura; seguramente será guapa y segura –como su madre-, es rubia como Paulina, delicada, femenina y tranquila como un tornado. Mi hijos son adorables, quiero lo mejor para ellos y por eso hacer que el espacio en el que viven sea confortable, útil y bello es una prioridad.
Cuando era niña compartía habitación con mi hermana, casi dos años mayor que yo. Teníamos cada una, sendas camitas blancas, sencillas, una mesa de noche y sobre ella una lámpara para leer. Compartíamos también una cómoda donde guardábamos los juguetes, un armario para la ropa y un escritorio, por el que peleábamos a diario. Ella siempre ganaba las luchas y a mi no me quedaba más remedio que pisotearle sus zapatos blancos y salir huyendo. En todo caso teníamos un espacio bonito.


