Hace un tiempo conocí un chico muy listo que acababa de dejar su trabajo de ocho años en una oficina –¡juro que es listo! – en donde cumplía un horario laboral de 8 horas diarias y soportaba a un jefe tirano. El jóven, que tenía como proyecto iniciar una nueva vida laboral como independiente, rebozaba de energía y esperanza. Planeaba, según lo que contaba con hilaridad, aprovechar mejor el tiempo y rescatar sus aficiones y hobbies; quería ir más a cine, más a la piscina, dar más caminatas, leer más libros, ver más a sus amigos. Contaba con que repartiendo mejor el tiempo y lejos de los trámites administrativos su jornada-labor se disminuiría y su jornada-vida/personal sería más larga y productiva.
Hace poco me encontré con el chico por la calle y antes de poder preguntarle acerca de sus nuevas actividades en su extendido tiempo libre, me aclaró que no tenía más que unos minutos para hablar conmigo porque estaba retardadísimo con su trabajo, al tiempo que me prometía un correo electrónico explicativo, que llegó, y una taza de café el fin de semana siguiente. No sé exactamente siguiente a qué porque aun espero el expresso.





