Mi esposo es un hombre tranquilo, que se toma las noticias con calma, generalmente escucha bien –me refiero a atentamente-, habla poco pero ricamente y sus observaciones habitualmente tienen mucho sentido. Es ese tipo de persona que trasmite calma, cerca de él me siento muy bien acompañada y creo que el también recibe de mi parte lo mismo. Es muy buen padre, tiene mucha paciencia con los chicos, en general, y ánimo para ayudarles a desarrollar su ideas; la mayoría juegos nuevos, escenarios improvisados, paseos al campo.

También a veces pierde la cordura y se obsesiona con temas que no son odiosos, lo acepto, pero que al final terminan cansando o más bien su actitud es la que molesta. Yo ya sé cuando es uno de esos días en que al hombre en cuestión se obsesiona con el tamaño de su nariz o con la proporción de alguna de las partes de su cuerpo con respecto a otra, por supuesto. Muchos temas lo aquejan la verdad, no tantos como para no poder soportarlo, de hecho la insatisfacción a veces lo conduce a mejorar esas cosas que no le gustan de él mismo. La nariz es así y no crece de una noche a una mañana, ya lo ha entendido.

Su oficina es uno de esos temas, sobre todo el de cómo luce. Es arquitecto como yo, ya lo he dicho, y también es amante de la decoración y del diseño interior y de muebles. La primera impresión cuando se entra es agradable. En su justa medida el uso de colores, las variaciones de tamaños, las combinaciones de materiales, la cantidad de objetos, de sillas, de mesas, de grandes nombres del diseño con artículos de tradición; alguna baratija, bien iluminado e imperfectamente limpio. Una pieza que resume el espíritu de su oficina es la LCM Chair, que fue diseñada en 1948 por Charles y Ray Eames. Sus patas son metálicas, su altura es de 26 1/2″, el asiento está fabricado en madera laminada, moldeada y de acabado brillante. Mayor información en la página Web http://www.eamesgallery.com