He recibido esta mañana un correo electrónico de la hermana de Nicolás, mi esposo, en la que pide que por favor la hospede en casa, a ella y a su marido. La pareja es estupenda, son amigables, excelentes conversadores, amantes de los viajes y del buen vino. La habitación de huéspedes está bien equipada, incluso la cama que tiene es semidoble y no sencilla; hay una mesita de noche, una lámpara, un escritorio y dos sillas. En todo caso me pregunto con absoluta franqueza y sin culpas, ¿porqué no pagan una noche de hotel y duermen más tranquilos?, y sobre todo, me dejan a mi más tranquila.
No es que yo no quiera a la familia de mi esposo, de hecho la adoro y su hermana es una de mis mejores amigas, pero es que ella y su esposo llevan un ritmo de vida que nada tiene que ver con el mío. Nuestras vidas, en lo que a consumo se refiere, solo se pueden encontrar en un restaurante de comida japonesa y así, comiendo y bebiendo, convivir tranquilamente. De ella he recibido uno de los regalos más bellos pero más extraños que he tenido en mi vida.







