Ya desde muy pequeña pensaba que el idioma de amor es el francés y aunque empecé en el kinder tomando clases de inglés nunca perdí de vista esa bellísima lengua que me trasportaba mentalmente a las calles de París, a la Riviera, a Costa Azul. Mientras fui haciéndome mayor me aficioné por Tintin y Axterix, y en la universidad tome especial gusto por los quesos rancios y la champagna. Ahora, cada vez que discuto con mi esposo, y yo tengo la razón, en señal de reconciliación recibo un regalo que invariablemente es un perfume francés.





