Mi esposo es un hombre tranquilo, que se toma las noticias con calma, generalmente escucha bien –me refiero a atentamente-, habla poco pero ricamente y sus observaciones habitualmente tienen mucho sentido. Es ese tipo de persona que trasmite calma, cerca de él me siento muy bien acompañada y creo que el también recibe de mi parte lo mismo. Es muy buen padre, tiene mucha paciencia con los chicos, en general, y ánimo para ayudarles a desarrollar su ideas; la mayoría juegos nuevos, escenarios improvisados, paseos al campo.
También a veces pierde la cordura y se obsesiona con temas que no son odiosos, lo acepto, pero que al final terminan cansando o más bien su actitud es la que molesta. Yo ya sé cuando es uno de esos días en que al hombre en cuestión se obsesiona con el tamaño de su nariz o con la proporción de alguna de las partes de su cuerpo con respecto a otra, por supuesto. Muchos temas lo aquejan la verdad, no tantos como para no poder soportarlo, de hecho la insatisfacción a veces lo conduce a mejorar esas cosas que no le gustan de él mismo. La nariz es así y no crece de una noche a una mañana, ya lo ha entendido.







