Una vez al año me enfermo de gripe. Es increíble cómo, con el poder de predicción de un centro meteorológico puedo asegurar que cada nuevo año –cuando inicia el invierno- me contagio de una fuerte gripe que me envía a la cama. Fiebre, escalofríos, congestión, dolor de cabeza, dolores musculares, en los huesos y en el alma, me provoca esta amiga que visita anualmente y yo, que soy buena anfitriona, la recibo acompañada de un ejercito de pastillas, infusiones, cremas y la mejor selección de mis películas favoritas.
No voy a decir que estar enferma de cama me gusta aunque debo aclarar que algo tiene de placentero estar “postrada” y no es difícil discernir qué. Yo trabajo mucho, llego muy temprano a la oficina y salgo a la hora que pueda, así que descanso tengo cuando me quedo en casa. Mi esposo y mis nenes requieren mucho de mí, yo soy la coordinadora de sus vidas, y aunque espero que cuando los chicos crezcan esto cambie en el caso de mi esposo no tengo esperanzas; cuando me pongo mala soy la reina y gobierno. Tiempo libre no tengo y si llegara a sobrarme alguno me sentiría culpable por no invertirlo en mi familia pero cuando estoy con fiebre solo somos la televisión, los libros, los CDs de música y yo. Entonces, mi amiga la gripe, cuando visita, me da un respiro.





